Y como por arte de magia nos arrebataron la normalidad... 2020, entramos a una dimensión desconocida.
Es extraño cuando ves las cosas en retrospectiva y te das cuenta de que algo en tu mundo cambió.
Recuerdo que hace unos años leí una historia que decía... Un día todo dejó de ser como era y las cosas no volvieron a ser; perdiste todo y nunca supiste qué tan valioso fue.
Así estamos en este 2020, tanto que es necesario recuperar espacios, como este, para quizás sobrevivir un poco a la realidad.
Para quien lea esto en el futuro, a finales de 2019 escuchamos en las noticias que un virus llegó a China. Quizás pensamos todas que se trataba de otro de tantos como el SARS; digo, ya había pasado muchas veces...
Algo sonaba extraño cuando en mi lugar de trabajo aparecieron nuevas propuestas de saludos y el gel para manos era cada vez más visto.
Quizás no sepas ni quién soy, ni a qué me dedico; jamás fue necesario mencionarlo. Trabajo en una escuela y, al final de enero de 2020, limpiaban los mesabancos dos veces al día. Ilusa era yo, que quizás en febrero me pasó por la mente comprar una caja de cubrebocas en una tienda de chinos de la plaza de enfrente. Ilusa, porque ya no recuerdo cuándo fue la última vez que fuimos a la plaza solo para dar la vuelta.
La cosa es que, al menos yo, llevo 100 días en cuarentena obligada, con teletrabajo en casa, dando clases a la usanza de Los Supersónicos. La realidad y la epidemia me partieron con insomnio, dolor de cabeza y horas y horas frente a una computadora, preguntándome si quizás estas nuevas generaciones alguna vez sepan lo que será estar en un antro y que, literal, gotee sudor del techo (ahora que lo escribo suena más que asqueroso), o quizás tampoco sabrán la libertad de respirar sin temor a un virus.
Aquí estoy, 3:50 a. m., con sueño y sabiendo que en unas horas me espera otra jornada de teletrabajo, clases por Zoom, trabajo a distancia, juntas entre comer... Así se nos escurre la vida en el 2020.

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